

Rafa, hijo, recordarás que todos los que fuimos aquel día a dejarte para que fueses libre y formases parte del viento, del Sol, del lince y del águila, de la encina, de los arroyos y de todo lo que es la Sierra de Cardeña, vimos a pesar de nuestro estado de ánimo, como un grupo de ciervos se nos acercó y permaneció impasibles relativamente cerca de nosotros, cuando lo normal es que se hubiesen ido debido a su naturaleza tímida y huidiza. Ya el verano pasado, cuando el estío dora el trigo y convierte en pasto todas las hierbas que brotaron con el agua caída, pude observar una estrecha vereda que se dirigía subiendo la pequeña loma hasta la magnífica encina que la corona, precisamente donde alzaste el vuelo, junto y alrededor de ella vi como había numerosos aplastamientos de este pasto, di una vuelta por los alrededores y no observé nada parecido. Encabezonado en descubrir qué podría ser el causante de esas por llamarlo de alguna manera “camas” en el suelo, una mañana casi al amanecer viajé hasta La Aldea del Cerezo y tras recorrer el sendero que lleva hasta tu loma, me acerqué con el mayor sigilo que pude y me lleve una gran alegría, en los hoyos hechos en el pasto había unos 15 o 20 ciervos, unos recostados, otros paciendo, otros simplemente olfateando el aire, eran la mayoría ciervas muchas de ellas acompañadas de crías y ciervos jóvenes. Muy quieto permanecí hasta ser descubierto, momento en que perezosamente se alejaron de allí. En esos breves instantes en que pude observarlos sin ser visto, mi corazón te dio las gracias por dejarme contemplar esa pequeña maravilla y por saber que ellos también sentían tu presencia allí y se sentían protegidos y a salvo entre tus alas. Después sabes que Mamá también me acompañó y los vio, porque quería que ella también se sintiese tan feliz como yo. Hace tan sólo unos días de nuevo he podido comprobar y fotografiar que de nuevo han vuelto a este mismo sitio junto a ti. Estamos convencidos que es un lugar especial. Gracias hijo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario